miércoles, 5 de diciembre de 2007

EL SISTEMA DE REPRESENTACIÓN CLÁSICO EN EL CINE

Espejo y ventana, he aquí dos metáforas precisas, plenamente significativas en su complementariedad. El espejo refleja, devuelve imágenes ya existentes en otro lugar; su elocuencia, al menos aparente, estriba en la humildad de su ausencia de grosor: tan sólo una superficie donde el mundo se traza. La ventana, a su vez, habla de una apertura, pero añade también la candidez de la mirada que, desde su interior, tan sólo limitada por los cuatro batientes que la enmarcan a modo de pantalla, se abre a ese mismo mundo dispuesta a ser objeto de su fascinación.

Nada, entonces, se interpone entre lo real y la mirada. Ningún espesor, pues la ventana está abierta y el espejo es sólo una imperceptible superficie. Además el marco se evapora en el mismo momento en que la mirada alcanza los objetos de un universo que se prometo siempre ilimitable -máxime cuando la ventana, con Griffith, alcanza el don de la ubicuidad, cambia continuamente de lugar.

Todo reposa sobre ese lugar desde el que el sujeto vive su apoteosis, que se manifiesta bajo la forma de la apoteosis de su mirada.

Y ello porque mirar el mundo desde su centro (es decir: construir un mundo en torno a un centro desde el que habrá de ser contemplado) es satisfacer y borrar -aunque sólo sea por un instante- esa característica primaria, esencial, que alimenta la pulsión escópica.


Fragmento de la metáfora del espejo
de Jesús González Requena.

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